23.1.12

Cazadores de Sombras: La Escena del Invernadero desde el punto de vista de Hugo

Dale un vistazo al punto de vista de Hugo, el cuervo de Hodge, sobre la escena del invernadero escrito por Holly, una fiel seguidora de la saga Cazadores de Sombras por Cassandra Clare.



A Hugo nunca le gustó el Invernadero. A pesar de ser un pájaro, el atractivo de colgarse de un árbol nunca tuvo sentido para él. No, su sitio en el hombro de su dueño era mucho mejor. Sin embargo, cuando era requerido para espiar a alguien - algo que lo enorgullecía a sí mismo - no importaba dónde tuviera que esconderse. Volaría dentro de un volcán en erupción si su dueño se lo sugiriera.

Estaba llegando la medianoche muy lentamente. Fuera en la Ciudad de Nueva York, Hugo sabía que estos seres mecánicos horribles seguían circulando por las calles, las luces fuertes. No le gustaba fuera del Instituto tampoco; echaba de menos Alacante, el hogar de su dueño.

Después de acomodarse a sí mismo en una rama cubierta de flores de carbón - lo mejor para esconderlo, pensó - su atención fue llevada dentro del invernadero. Voces, suaves y afectuosas, flotaban dentro de la sala con flores y se mezclaban con el oscuro aroma de la tierra humeda. 

"Wow." Solo necesitó el mero sonido de la voz de la chica con el pelo fiero para hacer que el estómago aviar de Hugo batir. Miró como se volvía lentmente, tomando la habitación con una fresca admiración. La mirada en su cara era similar a la que tenía cuando miraba a Jace. La misma mirada que hacía que Hugo quisiera picotear su cara hasta que se olvidara. "Es tan bonito aquí por la noche."

Francamente, Hugo habría dicho que el momento del día no importaba - los arboles eran arboles - pero entonces vio la manera en la que Jace la miró. No le gustó ni un pelo. Tampoco la manera en la que el chico de los ojos de oro reveló que 'tenían un sitio para ellos solos.' Su maestro le había preguntado en mantener un ojo en la creciente relación entre la pareja, pero no tenía no permitido sabotearla. 

Mientras que un sentimiento poco familiar quemaba en el pecho de Hugo, Jace y Clary se movieron para sentarse en un particular aburrido arbusto, salpicado de brotes que estaban todavía a florecer. El pájaro ébano sintió un sacudida de satisfacción; si Jace intentaba realmente impresionar a la chica, habría elegido una de las plantas más bonitas de la sala. En su lugar, se establecieron por algo que reflejó, en la opinión de Hugo, la personalidad de Clary.

Suave, blanda y la más blanda.

Continuó mirando como Jace sacaba una serie de comida, incluyendo sus sandwiches de queso a los que Hugo estaba tan aficionado. Había algo en la manera en la que el chico manejaba poner la cantidad adecuada de quedo entre cada lado del pan. Nunca era demasiado gordo, nunca demasiado delgado. Siempre era justo lo correcto. Era una de las muchas cosas que Hugo adoraba de él. 

Los sentimientos del pájaro en relación al Cazador de Sombras no habían aparecido de la nada. No, hubo un momento preciso, de una increíble carga química en un momento concreto en la cuál el destino de ambos amigo de plumas y sangre de ángel colisionaron. De hecho, como si leyera la mente de Hugo, Jace empezó a decirle a Clary sobre el día que el destino los juntó.

"Bueno, cuando tenía cinco años, quise tomar un baño con spaghetti."
                          

De repente, la borrosa memoria golpeó a Hugo en un baño de colores. El chico pequeño de los rizos dorados, espirando descaradamente de detrás de la puerta del baño. De su pelo, se encontraban colgando spaghetti, pegados a su redonda y regordeta cara. Hugo había sido un mero polluello y nunca sintió otra cosa que lealtad hasta ese momento. 

Primero, Hugo había sentido una pequeña cantidad de resentimiento hacia el chico y la manera que su maestro pasaba su tiempo enseñándole. Pero así como pasaron los años, el chico pequeño empezó a crecer y a convertirse en un hombre - no, Hugo se corrigió a sí mismo, una divinidad - y el pájaro no podría mentirse a sí mismo por más tiempo. El amor de Jace había rizado sus plumas como una ventisca disturbia la nieve; estaba atrapado, completa y absolutamente atrapado.

Siempre que pensaba sobre Jace, y eso era siempre que su maestro no requería su atención, era como si se sumergiera en una consciencia diferente. Esta consciencia no era una de la que hubiera estado al tanto antes, y mientras su mente se hubo llenado con una sofocante oscuridad, ahora hinchó con luz.

Hubo un tiempo - un simple momento - en el cuál el chico se había relacionado con otro pájaro. Por aquel entonces, Hugo estaba indignado, pero tanto como enfado también había una chispa de esperanza. Si Jace pudiera aprender a amar a una bestia salvaje, sería muy fácil para Hugo deslizarse en su corazón.

Esto fue hasta que su maestro rompió el cuello del halcón, las esperanzas de Hugo, y por lo tanto, su corazón. No fue mucho después cuando Hugo también fue enviado lejos de casa, desplazado en el hombro de otro - Hodge. Cualquier sueño aburrido y desesperado de su dorada alma gemela se derrumbó dentro de él. No volvería a ver al chico.

"...Después que mi padre muriera, ella cambió mucho." La chica, su nombre - Clarissa, no habría sido uno que su maestro hubiera elegido - habló, volviendo al cuervo de vuelta al presente. Jace estaba mirándola atentamente ahora, sus ojos del color del arce y le cepillaba la cara. 

Una de sus luminosas y delicadas cejas subió en su frente. "¿Te acuerdas de tu padre?"

Hugo sabía que la respuesta sería 'no.' Hugo sabía más sobre la chica de lo que le gustaría, pero era lo que sabía y lo que ella no lo que lo mantenía en el invernadero. Ella sacudió la cabeza, justo como él pensaba.

"No, él murió antes de que yo naciera." Mentiras. Siseó la palabra en pensamientos, mezclada con una suficiencia que casi le trajo una sonrisa a su pico. Bueno, tan cercano a una sonrisa como fuera posible para un pájaro.

La voz de Jace de repente sonó más profunda y con un trasfondo de soledad. El mero sonido casi envió a Hugo volando a su lado, su pico con ganas de acariciar al chico para confortarlo. "Tienes suerte," dijo él. "De esta manera no le echas de menos."

Dejó a Hugo de piedra cómo los humanos podían ser tan... estúpidos, por falta de una palabra mejor. ¿Cómo podían no saber que el hombre del que hablaban era el mismo? Por supuesto, era vital que ambos estuvieran en la oscuridad - si no fuera así, Hugo habría interrumpido su nauseabunda aventura días atrás. 

Pero no, su maestro había vuelto después de estos largos siete años, sobrecargando al cuervo con una misión más allá de la que nunca hubiera soñado. Seguir a la chica y al chico quién hacía una puesta de sol - de llamas de color rojo y oro brillante - mientras caían en un plan que haría que su mundo se viniera abajo. Su trabajo era asegurarse que su maestro supiera cada detalle, cada suave susurro y cada sonrisa secreta; al final, sería su caída.

Jace había presionado algo en la mano de Clary - una piedra de luz mágica - la cuál estaba mirando confundida. ¿Qué podría haber pensado su maestro? Esta chica no sabía nada de su mundo. ¿Cómo podía alguien tan loco como un recién nacido ser la llave para el éxito de su maestro? Especialmente alguien que se tiraba a sí misma de manera temeraria en situaciones que no entendía. Hugo había pensado que el estilo de su maestro era lógico y pensado - no actuar en un capricho pasado.

Clary finalmente se metió la piedra en su bolsillo, "Bueno, gracias. Ha sido amable por tu parte regalarme algo." Algo sobre el aire entre ellos alegró a Hugo - era espeso, pesado y torpe. "Mejor que un baño de spaghetti en cualquier día."

Jace respondió, su voz espesa, oscura y pecordándole a Hugo a su maestro, "Si compartes este pequeño trozo de información personal con alguien, tendré que matarte."

Por favor, hazlo, pensó el pájaro, una ráfaga de imágenes le vinieron a la mente - todas diferentes situaciones de la muerte de Clary. Su método favorito particular envolvía a un montón de palos de bamboo y -

En un rincón de su vista, algo reclamó su atención. Era pequeño, verde e inquieto. Ahora, mientras Hugo detestaba el invernadero y no tenía ningún interés en árboles, las cosas que habitaban la frondosa vegetación eran de otro asunto completamente. Las orugas eran su favorito.

Echó su vista hacia Clary y Jace. Estaban envueltos en una conversación de los deseos de cumpleaños pasados de la chica - ser puesta en una secadora (fuera lo que fuera eso) y una marca de una tortuga en su hombro. Él también se dio cuenta con una breve satisfacción la manera que Jace había evitado su mirada cuando ella se bajó el tirante.

Una vez que se aseguró que estaban lo suficientemente distraídos el uno con el otro (esta vez con el tema de la chica de los Lightwood), cambió de sitio muy cuidadosamente a través de las luminosas larvas verdes que se retorcían a lo largo de toda la rama. Esto era lo mejor sobre orugas - ellos no estaban envueltos en una manera que aprobara velocidad.

Solo habría necesitado algunos trasfondos saltos a lo largo de la rama, y un pequeño salto a la que estaba más allá, y el deseo de Hugo por las orugas habría sido saciado. Su pie se movió cuidadosamente, sus talones agarrándose a la manera silenciosa pero herméticamente. 

Un salto, dos saltos, tres. El pájaro estaba tan cerca que podía sentir el jugo de las orugas atravesando su pecho. Le había manchado ahora, clavado en una hoja mientras intentaba desesperadamente desangrarlo. Esto era inútil; Hugo lo tenía exactamente dónde quería. Con un fuerte empujón, sus alas se batieron y capturó la comida entre el pico. Tiraba y se giraba, tratando de escapar en vano, antes de que lo ingiriera con ganas. Al menos se había ganado algo de todo este asunto, anotó.

 ¿Pero había valido la pena la oruga viendo que el amor de su vida besaba a otra?

Cuando miró de nuevo a la pareja, vio como Clary presionaba su cuerpo contra el de Jace, hundiendo sus dedos dentro de su pelo en una manera que Hugo siempre había querido hacerlo. No solo se sintió disgustado con la visión de intimidad entre ellos, con un anhelo de celosía que crecía en sus entrañas. Con sus afiladas y largas garras no podría ser capaz de dar a Jace lo que Clary podría. Los brazos de Jace fueron alrededor de ella, sosteniéndola contra él como si ella fuera solamente el oxígeno que quedara en el universo entero.

Ese fuego poco familiar le consumió una vez más. Le llegó en oleadas, cada una más fuerte y más caliente que la anterior. Cada instinto de su cuerpo le estaba diciendo una cosa: ataca, ataca, ataca. Pero no podía. Su maestro le había hecho prometer que no haría daño a la chica. De todas maneras, el sentimiento de rabia celosa - febril y ardiente - pulsó a través de su cuerpo, forzando a sus alas aletear con fuerza y enfadadas. 

Toda su vida, quería que Jace se diera cuenta de él y en ese momento, lo hizo.

"No te asustes," el chico rubio dijo, sus brazos todavía alrededor del cuerpo de Clary. Sus ojos se posaron en Hugo - ámbar fundido, oscurecidos por la pasión, "pero tenemos audiencia."

La chica giró su cabeza, los ojos grandes de sorpresa. Le estudió con un desprecio que causó que sus talones picaran. Una cara tan bonita, delicada y pecosa; habría sido un placer destrozarla. 

Jace empezó a murmurarle algo a ella, las palabras demasiado suaves para los oídos de Hugo. Lo que él entendió fue una simple frase, "Debemos irnos."

"¿Te está espiando?" Clary susurró fuerte, moviéndose ligeramente lejos de Jace. "Hodge, quiero decir."

"No. Solo le gusta venir aquí arriba a pensar. Es una pena - estábamos teniendo una conversación de lo más interesante."

Con una sonrisa silenciosa, Jace condujo a Clary a través de la puerta y fuera del invernadero. Hugo permaneció quieto durante un rato, su pequeño cerebro inteligente tomándose unos momentos para procesas sus hallazgos. Mientras el fuego de la celosía estaba latente en cada nervio de su cuerpo, se recordó a sí mismo que no importaba qué sucediera, sus juegos no durarían. Una vez que el plan de su maestro entrara en plena acción, no serán capaces de mirarse el uno al otro.

Y con Clary fuera, Jace estará solo. Esta no era la primera vez que el chico se encontraría atado a un pájaro, Hugo lo sabía, pero iba a asegurarse que este sería el último.

Jace Wayland sería suyo.

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